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¿De qué hablo cuando hablo de empezar a correr?

En este artículo no voy a hablar de hidratarse mucho, de abrigarse en invierno o de no intentar salir a las horas centrales en verano. Tampoco voy a hablaros de conceptos que creo que el potencial corredor debe ver lejos cuando comienza: llámese series, tiempos de respuesta, entrenamiento a ritmos controlados, etc.

Lo primero es porque es porque tenéis cientos de artículos en Internet y libros dedicados al tema. Lo segundo, porque pienso que no deben estar presentes hasta que el corredor haya cogido cierta experiencia y que introducirlas en la dinámica lo único que suele hacer es incrementar la probabilidad de lesión.

Las lesiones son fastidiadas para todos los corredores, pero para las personas que comienzan son aún más. ¿Por qué? Porque en los primeros meses de un corredor lo fundamental es crear el hábito, integrar la actividad en su vida cotidiana. Así, el primer elemento que creo que debe cuidar un corredor es el cuidado de la continuidad.

Saber que en la realización de la actividad que hace hoy debe estar integrada la idea de poder volver a repetirla en uno o días. Por encima de batir ninguna marca, este debe ser el mayor objetivo detrás de cualquier plan de entrenamiento inicial.

Así, conseguir correr de manera continuada durante varios meses es el primer elemento que vamos a implementar en nuestra mochila para mejorar nuestro rendimiento. No en vano, como he dicho antes, es el responsable de que en los dos primeros años el corredor pueda aumentar el número de Km y la velocidad a la que los hace de manera espectacular.

El segundo elemento importante tiene que ver con el dominio del sufrimiento. He escuchado millones de veces la frase parecida a la siguiente: “salgo a correr pero no aguanto más de cinco minutos”. Entonces me imagino la escena: nuestro amigo/a principiante está tranquilamente en casa y ese día se le ocurre salir a correr como aquel al que se le ocurre ir al cine.

Entonces, se pone la ropa más vieja que considera decente y que encuentra por casa. Se calza esas zapatillas que nuca se pondría por el desgaste para dar un paseo y se tira al adoquín de las aceras como lo hace el mismo de antes que se le ha ocurrido ir al cine pero que además no llega.

La estrategia de ese primer día es salir hasta reventar. No directamente escrita así, sino puesta de otra manera: buscar el sufrimiento y encontrarlo lo antes posible. ¿Porque correr se trata de sufrir no?

Entonces, introducen en su mente un ecuación jodida: cuanto más sufrimiento más mejoran o más calorías se gastan. Si a esta le añades que todos hemos implementado un programa en nuestra mente que intenta optimizar el tiempo de nuestras actividades para llegar a la siguiente, te salen los cinco minutos y alguien intentando conseguir oxígeno hasta por las orejas a la puerta de un cine.

Este comportamiento es natural. Ya hemos intentado otras veces salir a correr y hemos “fracasado”. ¿Quién nos dice que esta vez va a ser la buena y va a merecer la pena que nos compremos unas zapatillas y algo de ropa adecuada antes? Si no vamos a estar mucho tiempo corriendo, ¿Voy a invertir más tiempo desplazándome a un sitio con terreno blando que corriendo, cuando puedo salir de casa y tengo adoquín para regalar?

Complicado, ¿Verdad? Pues igual de complicado que al día siguiente no vuelva a dar una ventolera de este estilo. El recuerdo que nos ha dejado la experiencia no ha sido nada agradable (recordad que imaginamos nuestro futuro a través de nuestra memoria o, mejor dicho, de la interpretación de lo que hemos guardado en el almacén de recuerdos), hemos sufrido más que el campeón de 1500 en la final y encima sin medalla. Al levantarnos de la cama, ese dolor-sufrimiento parece haber decidido quedarse con nosotros y nos duelen hasta las pestañas.

Nuestro sistema digestivo tampoco está muy fino porque el día anterior abrimos el apetito a última hora del día, cuando llegamos asaltamos la nevera y nos metimos para el cuerpo la cena y el desayuno del día siguiente. Motivos suficientes para que la próxima vez que nos dé por salir a correr nos lo pensemos dos veces.

Con esto no digo que lo planeemos mejor, sino que hayamos creado un recuerdo tan amargo que hayamos convertido la experiencia en algo extraordinariamente aversivo. Sucede lo mismo que el día que has comprado una cantidad brutal de algo que te gusta mucho y te pegas tal empacho que en una temporada no lo quieres volver a ver ni dibujado.

Con correr ha pasado lo mismo y aunque tengamos otras motivaciones externas -bajar de peso, superar las pruebas de una oposición, mejorar nuestra condición física…- el muro que hemos creado es muy grande.

Volviendo al sufrimiento, si quieres implementar un hábito, el que sea en tu vida, y poner a tu cabeza a su favor lo mejor que puedes hacer es encontrar una motivación intrínseca en él. Dicho de otra manera, el corredor al principio debe hacer todo lo contrario que nuestro amigo principiante, intentar alejar el sufrimiento y acercar la capacidad de disfrutar de lo que hace.

¿Estrategias? Miles: elige para salir un rato en el que no estés especialmente cansado, escoge un entorno bonito y adecuado aunque este más lejos y te cueste tiempo de desplazamiento (manda a paseo la vergüenza de acudir a los lugares a los que acuden la personas que llevan más tiempo corriendo, nadie se va  a reír de ti y si ellos corren en estos sitios es porque probablemente sean los más adecuados).

Calienta, o dicho de otra manera, dile a tu cuerpo antes de correr que lo vas a hacer. Aparta al ansiedad, te acelera y funciona como un tapón en los oídos que te impide escuchar las señales que manda tu cuerpo. Esas cosas que cuentan en “los libros de autoayuda del corredor”.

Correr

Se puede disfrutar corriendo

Así, borra la ecuación de nuestro buen amigo principiante y graba algo: “se puede disfrutar corriendo”, de hecho personalmente te diría que se puede disfrutar mucho y si lo consigues será mucho más fácil superar algunos pequeños inconvenientes de los primeros días, especialmente el cansancio.

Porque correr cansa, tanto al experto como al principiante. Pero al principio es mucho más sencillo alcanzar un grado de cansancio extremo que cuando ya se ha acumulado cierta experiencia. Dicho de otra manera, cuando somos principiantes tenemos todas las papeletas para pasarnos de rosca.

Antes hemos hablado de la continuidad y del sufrimiento, ahora vamos a hablar de otro elemento fundamental, el conocimiento. Más allá de que un experto corredor pueda correr más y a una mayor velocidad que un principiante, la mayor diferencia que existe entre ellos es el conocimiento.

La persona que practica deporte habitualmente o el profesional sabe que un aspecto fundamental durante la práctica es el diálogo que mantenemos con nuestro cuerpo. La experiencia hace que seamos mucho más sensibles a las señales que nos envía o que tengamos automatizadas ciertas estrategias para mandarle aliento cuando empieza a decirnos que le queda poco.

Este diálogo muchas veces es una especie de partida de poker, no siempre que el cuerpo nos manda estas señales de S.O.S son realmente de S.O.S. Es el hecho de haber recibido muchas y de haber actuado de diferentes formas lo que nos hace más inteligentes frete a ellas.

Así, la persona que empieza debe emprender este diálogo sin recibir señales muy fuertes de la misma manera que no hablamos de cosas excesivamente comprometidas con una persona a la que acabamos de conocer. Como hemos dicho antes, si queremos profundizar en este diálogo lo esencial en estos momentos es mantener la comunicación abierta y que los encuentros no dejen de producirse en pos de la comodidad del sofá.

Finalmente, el último elemento que quiero destacar como importante para la implementar en la mochila de recursos de las personas que empiezan tiene que ver con la planificación y con el hecho de compartir esta planificación con las personas que nos rodean.

Saber qué vamos a hacer cada día va a facilitarnos la tarea de salir los días que tengamos pensado y va a liberar nuestra conciencia los días que descansemos. Los estudios dicen que no es bueno ir al supermercado antes de comer porque el hambre nos va a hacer llenar la cesta de más y con productos especialmente calóricos. Lo mismo cuando entrenamos.

Es bueno que utilicemos la información de cómo estamos de cansados ese día o cómo hemos comido o dormido, antes de decidir finalmente qué entrenamiento vamos a hacer exactamente. Pero esta información habitualmente debe utilizarse para puntualizar, no para establecer los rasgos más importantes del entrenamiento.

Dicho de otra manera, si llevas dos días de descanso y hoy aparece en tu planificación que toca carrera, aunque antes de empezar tu cuerpo te diga que está cansado, probablemente no tarde en entrar en calor y empiece a sentirse bien. Lo mismo pasa al revés, varios días seguidos corriendo, aunque el cuerpo te diga que está bien probablemente el cansancio aparezca antes de lo que piensas.

De hecho, incluso los profesionales ajustan el día a día con la información cotidiana que les remite su cuerpo pero al mismo tiempo tienen un plan que les sirve de referencia y les traza el camino. Una buena idea es que la persona que corre también tenga uno y que además este esté hecho en base a sus características individuales y con el asesoramiento de alguna persona que sea experta.

De ahí lo de compartir. Ya no solamente con un entrenador o con un grupo de entrenamiento que nos anime en esos días más perezosos, también con las personas de nuestro entorno. Los estudios dicen que compartir un objetivo y la forma que vamos a utilizar para alcanzarlo con las personas que nos rodean va a hacer que estas, de manera involuntaria, se conviertan en controladores de nuestros pasos y en participantes de nuestros logros.

Frases como “Tú no dijiste que…” o “Hoy no ibas a… ” van a hacer que cumplamos con lo planeado, aunque solamente sea por el hecho de evitar al disonancia cognitiva que provoca el hecho de querer ser una persona que cumple con la palabra que da y el hecho de no hacerlo.

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